La más inesperada e injusta de las soledades.


La más injusta soledad

Fue este invierno. Ya era tarde. Venía despacito en mi coche, fascinado por el hipnótico brillar de esas pequeñas estrellas fugaces que son las gotas de lluvia, reflejando las luces nocturnas de la ciudad, cuando la furgoneta que iba delante mía se paró.

Al abrir la puerta, no podía adivinar en ningún momento las intenciones de su conductor. Esperaba a una mujer. Quizás, una de esas chicas jóvenes y desabrigadas. O a un hombre. Quizás, uno de esos chicos jóvenes y engominados.

Pero no, no bajó ninguna persona del coche. Ni jóvenes ni mayores. Era un perro. Blanco, con alguna mancha marrón. De esos simpáticos bodegueros que, al captar nuestra presencia, levantan una oreja, ladean un poco la cabeza y se te quedan mirando con cara de decir: ¿Qué… damos un paseo?.

Observé el gesto decidido y amenazador, a través del vaho pegado al cristal trasero, y el descenso lento, confuso, tembloroso… Mientras se bajaba, miraba atrás el pobre animal. Como buscando aquella mirada cómplice de aquel mismo que otras tardes le sacaba a pasear, de aquel que un día le dió el trozo de pan que sobraba en la mesa… aquel mismo que en otras circunstancias llegó a acariciarle con cariño.

Y la puerta se cerró. Se sentía en los vahídos, la tensión y el fuerte respirar del animal, como intentado creer que aquella nueva situación era como uno de esos juegos con la pelota de goma, que nunca entendió. Una colilla encendida calló por el otro lado, como rasgando el aire, volviendo aún más frío e inhumano, el breve pero inolvidable instante del abandono.

Y la furgoneta arrancó. Lo hizo de forma muy progresiva, como si fuera ella misma quien quisiera observar el resultado por el retrovisor. Mi vehículo seguía agazapado, esperando la reacción del perro, que se mantuvo atento a su amo en todo momento. Al principio echó a andar en dirección a la furgoneta, dió cuatro pasos y se frenó. Miró atrás, y sólo quedaba mi coche, demasiado extraño y peligroso aún para él. Y se decidió a seguir trotando, al coche de su amo. Aún tenía en la nariz el humo del tabaco que le hizo estornudar segundos antes. Conforme el coche avanzaba y aceleraba, el animal le seguía e intentaba mantener una distancia de seguridad.

Esa distancia que sólo surge cuando ya no nos queda más remedio que desconfiar de esa persona en la que siempre habíamos confiado. Una brecha que es proporcional y equidistante, en todos los seres capaces de ser confiados y fieles, como el perro.

Como aquel can, que iba empezando a comprender el porqué de aquel miserable ritual que se inició escasos minutos antes: La repentina llamada a extrañas horas, cuando aún dormitaba caliente y confiado, en la que siempre fue su cama. El collar: “qué raro”… debió pensar. “Me sacan a estas horas…”. Y sin embargo, estaba agradeciendo con saltitos, aquel falso gesto que le deparaba, sin saberlo, la más inesperada e injusta de las soledades.

La escena se tornó en dramática, cuando el animal empezó a ladrar y correr tras la furgoneta. Llegó a alcanzarla y seguirla, a lo largo de la inmediata acera que tenía a su derecha. Ese ladrido ahogado y confuso de los que dicen: “¿Esto es una broma, verdad?. Dime que estamos jugando…” Incluso, como en un último gesto de desesperación, el perro se cruzó por delante, a punto de ser atropellado. El frenazo le sirvió para acercarse a la puerta del conductor y poner las patas delanteras, en señal de petición de clemencia.

Sin embargo, me dio la sensación de que el dueño tuvo que parar porque se estaba dando cuenta de que yo le seguía y le observaba. De que tenía su matrícula a la vista, y no me estaba haciendo ninguna gracia aquel lamentable espectáculo. Debió verme por el retrovisor. La puerta se abrió. Y el perro, demostrando su inteligencia, al oir el sonido de la puerta, dio la vuelta al coche y de un salto se instaló en el asiento delantero. Y el coche arrancó de nuevo, yéndose aceleradamente, por la ruta opuesta a la mía.

Desconozco qué habrá sido del perro. Ojala esté ahora durmiendo en su cama, en ese pequeño rincón que un día reservaron para él, y que con el paso del tiempo, se ha hecho demasiado grande y molesto. Desconozco también qué lleva a una persona a querer abandonar de esa forma a un animal que tiene la facultad de hacernos, en nuestros peores momentos, más cariñosos, más alegres, más humanos… Ellos son quienes nos buscan las cosquillas cuando ya no hay nada que nos haga reir, y remueven su hocico en nuestras manos muertas, para recordarnos que son, precisamente, los últimos que nos respetan y quieren sin condiciones, sin falsedades ni intereses. Simplemente por ser quiénes somos.

Esto que escribo es para quien alguna vez tuvo un perro en su casa y pensó tirarlo en la carretera. Para aquellos que anoche cogieron su furgoneta, su cigarrillo y su perro, y quisieron dejar en el camino, lo poco de humano que les quedaba.

<!

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Acerca de Dudas Razonables
Blog de concienciación social y ciudadana

One Response to La más inesperada e injusta de las soledades.

  1. Doncel says:

    Hola Dudas Razonables

    ¡Qué bien que puedo contestarte en este lugar distinto al foro donde escribiamos mensajes!

    Me encanta esa descripción que has hecho sobre el abandono del perro.

    La calidad en la narración es digna de merecimiento de algún articulo periodistico sin lugar a dudas.

    Has realizado un buen retrato sobre la indifrencia que tienen algunos al cometer esa crueldad y que al ser vistos por otros les hace sentirse ante la sociedad como presuntos malhechores cuya inmediata vergüenza ante el hecho en sí les hace recoger velas y darse la vuelta.

    Gracias por estar allí parado observando el espectáculo. Obligaste a que esa persona al menos momentáneamente retomase la idea del abandono del animal.

    Saludos
    Doncel

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