Fábula 1: “El gato que aprendió a nadar”.


El gato que aprendió a nadar

Un gato dormitaba resguardado por la acogedora sombra de un sauce. El calor aumentaba aún más sus ganas de dormir, sus ojos se entrecerraban al tratar de mirar hacia aquel horizonte brillante y volátil. Dejado caer hacia un lado, la respiración del felino se hacía más rápida y sonora. El sol calaba hasta los huesos. Sin embargo, a sólo unos pasos de allí, podía percibirse el frescor armónico de un arroyo. Se sentía casi gota a gota cada tropiezo con una piedra, o cada hoja flotando sin destino.

Unos instantes después, observó a un potro acercarse hacia su posición. Viendo que el animal venía casi ciego, babeando y con paso cansino y desorientado, se levantó y se estiró justo a dos pasos de llegar, para llamar su atención. El potro, frenó desconcertado.

– ¿Dónde vas, jovenzuelo? – dijo el gato con ironía por su siesta arruinada.

– A beber al rio. Luego meteré la cabeza y me refrescaré el cuerpo – respondió el potro con renovados ánimos al ver las aguas.

– Ten cuidado, los ríos son peligrosos. Además, de siempre se ha dicho que el agua es mala para el cuerpo. Está fría y te atrapa hacia el fondo.

– Pero está tan fresquita… Ayer estuve aquí y metí las patas en el agua. Me encantó, pero luego me asusté un poco al mirar abajo, donde vi un extraño animal de hocico largo y orejas que se movían. Sus ojos eran grandes y negros, y me miraban fijamente.

– ¿No hablaste con él?

– Cuando iba a hacerlo, un pez gordo saltó en el agua y el animal desapareció. Oye, ¿y tú por qué no te bañas?.

– No me gusta el agua. De siempre se ha dicho que los gatos no nadan – dijo el gato relamiéndose pensando en el delicioso pez que habitaba el rio. Casi el frescor que tanto necesitaba.

Poco después, vio desfilar a una hembra de pato hacia el agua, con sus hijitos recién salidos del cascarón. El gato no salía de su asombro, pensando que todos se ahogarían sin remedio.

– ¡Dónde vas, insensata!. Tus pobres patitos se ahogarán. Son muy pequeños para saber nadar.

– Mira quién habla. Un gato que jamás metió una pezuña en el agua se atreve a decirnos cómo nadar – respondía ella mientras se ahogaba uno de sus polluelos.

Instantes después, el patito sacó el pico, luego el cuello, y no sin esfuerzo, empezó a mover sus aletas dentro del agua. Al fin, la familia al completo atravesó el rio, con el gato boquiabierto ante lo que acababa de presenciar.

Entonces, vio salir del agua algo aún más increíble. Un extraño pájaro salía volando del agua, con un delicioso pez en la boca. Aleteaba soltando gotas de agua a su alrededor, como pequeños diamantes que se desprendieran del sol. Y con la maravillosa maestría de sus alas, se posó sobre la rama desde la que se había precipitado para pescar, para engullir entero al pez en 2 o 3 golpes de pico. Completamente satisfecho con su pesca, el ave volvió a despegar para adentrarse en el bosque con igual destreza.

Aquello le recordó al gato que aún no había comido en todo el día. Y de un salto, enganchó sus pezuñas al árbol, con la intención de observar el rio desde arriba, en busca de más peces. La edad no perdona, y a mitad de camino sintió cómo sus patas traseras apenas soportaban su peso. Pero con más orgullo que fuerza, ante la mirada de todos, se instaló con suficiencia en la misma rama, observando el riachuelo en toda su longitud. ¡Qué frescor sin par debía haber dentro de él!. ¡Qué estupendo almuerzo debía depararle!.

Su mirada se concentró en una enorme carpa que movía sus labios junto a unas piedras llenas de hierbas. Estaba desprevenida. Lo mismo con un buen salto desde allí lograría atraparla. En ese momento su cuerpo se volvió inmóvil, sus ojos parecían no tener otro lugar donde enfocar. Todo su ser estaba poniendo la atención exclusivamente en aquel jugoso pez que se ofrecía casi gratis.

– ¡Dónde vas, insensato!. ¡Si tú no sabes nadar! – gritó de repente el Martín Pescador.

El gato, aterrorizado por la monumental sorpresa, perdió el equilibrio y se despeñó contra las piedras que había junto a la carpa, sin tiempo ni edad para reaccionar, y caer de manera óptima. Un terrible dolor de cabeza le mandó al fondo del riachuelo, que le abrazó con compasión hacia el fondo. Trataba de moverse, pero su cuerpo yacía ya inmóvil, paralizado por el golpe. A pesar de todo, sentía el frescor sin par de aquel rio que acariciaba su piel con ternura. Las algas le hacían cosquillas en las orejas y las burbujas le empujaban sin rumbo en la mejor sensación que había vivido jamás. A lo lejos, divisaba la cola de la estúpida carpa, merodeando alrededor, aun desconcertada. Sonrió al pensar que aquello por lo que se jugó la vida, ahora le daba exactamente igual. Lo veía mover los labios, con cara de memo, y le daba la risa. Al fin y al cabo, ya era consciente de que iba a morir.

Toda la vida asustado, amedrentado por el agua, y resulta que será aquí, en el lugar que el mundo me prohibió pisar, donde acabe mi vida. Pues tampoco estaba tan mal, después de todo.

¿De qué sirvió tanto miedo infundado hacia lo desconocido, si al final nuestro destino suele cruzarse con las más irónicas paradojas?. La vida no es más que un estado paradójico de consciencia.

¿FIN?

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Oía su cálida voz sobre la superficie, elevándolo desde el fondo del mar hacia el cielo. Acurrucándolo dulcemente en su regazo. Una luz amniótica le envolvía en la mayor paz jamás sentida. Ahora sí, su respiración era lenta y suave, mientras viajaba sin rumbo, por los aires.

Al día siguiente se despertó hambriento. Estaba echado en un lugar que jamás había visto. Trató de incorporarse pero notó cómo sus patas estaban paralizadas ya sin remedio. Pero, sin saber cómo, allí se sentía querido y a salvo. Por un momento, pensó si algún día volvería a entrar en el agua. Al fin y al cabo, la vida depara siempre extrañas paradojas.

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